Volar en bicicleta: pierna azul

Antes del caos, la casa se vino abajo, eran señales de mi mente confundida, de mi corazón deshabitado. Pero yo no percibía mi desequilibrada distracción, mi descuidado cansancio. La alberca era mi refugio, mi dosis fresca de abrazos. En agua sumergía y lavaba pensamientos, en la bicicleta se deshacían las tormentas. Un martes, lluvioso y gris, jugamos a clavar el cuerpo en agua, a dejarnos caer sin miedo. Nunca me han gustado los clavados, pero ese día era todo risas, como si algo de mí supiera que tardaría en volver, que tenía que disfrutar a tope el agua en la piel.  Me despedí con prisa. El presagio quedó dibujado en la mirada de un entrenador apenas conocido. Me detuvo para decirme que cuidara mis rodillas. Sus palabras fueron la antesala de un invierno largo, inmóvil y triste. Al otro día me quebré… Volé de la bicicleta para caer en cuatro puntos. Llegué a la casa-hospital, vi mi bici lastimada y me hice agua: rótula rota y pierna azul. Un yeso color mar caribe cubriría mi pierna todo un temporal. Ninguna mariposa de agua, ningún círculo en bicicleta, ninguna forma de huir. De soledad y frío se llenó el cuerpo.

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