El desierto en bici

(Rodada autogestiva San Luis Potosí-Real de Catorce, 2017)

Después de tres días intensos de dibujar círculos con las piernas, tengo los labios inundados de sensaciones dulces, aunque también un poco secos de palabras. No importa, intentaré construir un castillo para que los recuerdos no se vayan. Necesito resguardar este reencuentro con el desierto y con la bicicleta en la montaña para reconocer mi fuerza y mi espíritu salvaje de tierra y hojas. Van entonces las palabras castillo:

Aproximadamente trescientos alegres corazones esperando iniciar el viaje, aunque a medio camino “siguió llegando gente al baile”. Comenzamos en San Luis Potosí y terminamos en Real de Catorce. Pedaleamos alrededor de 250 kilómetros en tres días. El primer día, pasamos por una hacienda amarilla de cielo azul, llegamos a dormir a un ojo de agua atiborrado de estrellas. Parecía que llevábamos motorcito en las piernas, pero era puro amor, amor a la libertad y a la carretera. Nos movía el gusto por la cadencia de la vida con sus bajadas y subidas, con la compañía y la soledad. Por momentos todo era fiesta, pláticas y risas, pero también hubo instantes en que sólo escuchabas tu voz y los gritos del aire. Eso resultó delicioso para mí.

El segundo día, nos columpiamos en un camino de montañas amables, de rectas falsas. Nos recibieron con abrazos de naranja dulce y besos de agua. Algunos nadamos medio vestidos en un manantial con la seguridad de que pronto los rayos del sol y las olas de aire en contra nos secarían. Pedaleamos codo a codo con el tren, al ritmo de su poderoso chu-chuu. Galopamos hasta atravesar una de las líneas imaginarias que divide nuestro planeta: el Trópico de Cáncer. Le dimos la espalda a la zona tórrida y abrimos los brazos a la templanza.

El atardecer nos atrapó en el corazón del desierto. Entramos en él por un camino que parecía sinuoso y largo. Tuve miedo de que la noche y las sombras me atraparan, temí que mi bicicleta y mis piernas no alcanzaran la velocidad de otros ciclistas. Por fortuna, encontré a un compañero de camino para volver a la carretera, y el regreso fue mágico: tan fácil y bello como un parpadeo. Quedamos incrédulos y anonadados por la diferencia entre el camino de ida y el de regreso. Sentimos el poder del desierto, en él el tiempo y las distancias no importan, cada quien los experimenta a su modo, según el peso que se cargue en el corazón, la cabeza o la espalda, quizá por eso allá los relojes de las iglesias están siempre detenidos en una hora cualquiera.

Más tarde vimos caer el sol en la montaña: rojo-morado-azul-amarillo. Competimos contra la oscuridad. Después me reuní con mis amigos de viaje y sentimos discurrir la noche en la orilla de la vereda. Reímos, recordamos y compartimos las diferentes formas de experimentar el recorrido. Era sólo yo muchacha y cinco hombres, mi alma encontró solaz en la convivencia con la energía masculina. Esa noche volvimos a dormir cobijados de estrellas y luna, abrazados por la vibración y los latidos del tren que estremecen todo el cuerpo.

El último día después de darle mil vueltas al asunto, decidí reconciliarme con la montaña y llevar a mi compañera de camino de la mano. Atravesamos la cuesta de Los arrepentidos. ¡Lo logramos! Mi bici y yo llegamos enteras, con el corazón y las piernas palpitantes de silencio y paisajes bellos. Me sentí feliz por intentarlo, por vencer mi indecisión y silenciar mis dudas.

Hasta ahí todo era festejo y victoria, pero todo lo que sube tiene que bajar, y para regresar atravesamos un túnel fresco, oscuro y largo. Vimos brillar el sol e hicimos la verdadera bajada de los “arrepentidos”. Sentí que el desierto me comía con su silencio, aluciné seres y caminos prolongados, inmensos, interminables… Caía el sol y parecía que el regreso sería infinito. El horizonte se extendía, los brazos se agotaban. No había amortiguador entre el terreno, yo y mi bicicleta-caballo. Aline armadura citadina en plena montaña. A pesar de todo, ¡lo logré! ¡Lo logramos! Mis compañeros de viaje eran alegres y considerados. Nos contagiamos la risa y la fuerza. Devoramos los kilómetros y aterrizamos sanos y salvos, con nuevos amigos y más historias. Con el alma alegre alegre de caminos y sol, de gente loca y buena onda.

Este viaje fue la realización de un deseo acumulado, un ritual para recibir el verano, para despedir bien a los veintes, para compartir los caminos con mi amigo favorito que pronto tendrá un viaje más largo.

La fuerza y la magia del desierto iluminaron mi camino, por eso el espíritu está risa que risa, conmovido y pleno. Además reconocí, entre otras cosas, que mi energía femenina salvaje de lodo y estrellas está a tope, que no debo desconfiar de ella.

También recordé que siempre habrá quien crea que el disfraz de ciclista refleja tu fortaleza, algunos explícitamente me menospreciaron por no traer el uniforme puesto. No importa, a veces yo también dudo de mi misma, pero nada de eso es relevante, la vida solita muestra que no tiene caso juzgar anticipadamente a los otros, de nada sirve; al final, todos terminamos con el rostro y el corazón rojos y locos de contentos. Cada quien carga su historia, su tiempo y sus kilómetros andados. Así que es mejor guardar silencio y bailar en la fiesta de las distancias conquistadas en pleno verano, ¡en pleno verano!

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